Malena Kiss, una argentina de 25 años, viajó durante 4 meses desde México hasta Colombia colaborando como voluntaria de TECHO en cada uno de los países que visitó. “Quería conocer la realidad de los países donde iba a estar, y poder aportar mi granito de arena para transformarla.”

Desde hacía 2 años, Malena era voluntaria en TECHO Argentina. TECHO es una organización que trabaja en 19 países de América Latina y El Caribe para superar la situación de pobreza que viven miles de personas en los asentamientos precarios, a través de la acción conjunta de sus pobladores y jóvenes voluntarios.

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“Me encantó una frase que le escuché una vez a una voluntaria, que hablando del trabajo voluntario dijo, “no es dar tu tiempo extra, es dar tu tiempo”. Para mí el trabajo voluntario no es ponerte en un lugar de héroe sino elegir que esa actividad sea parte de tu día a día, porque creés en el poder transformador que tiene.

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Para mí no hay nada más revitalizador que el cansancio del lunes post construcción: no podés mover el cuerpo, pero a la vez te recorre una energía inmensa, no podés dejar de sonreír, porque sabés que se puede transformar la realidad, y aunque queden muchos pasos por dar, ya diste uno que transforma”, dice Malena.

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“Yo ya había participado de otras organizaciones pero la primera vez que fui a una construcción, algo en mi hizo un clic diferente. Hay una frase de José Martí que me encanta y representa lo que siento siendo voluntaria de TECHO: “Hacer es la mejor manera de decir”.

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“Me fui dando cuenta cómo más allá de lejanías geográficas, de diferencias culturales, de diversidad de sabores e infinidad de acentos; más allá de todo lo que nos separa, hay mucho más que nos une. Estar compartiendo actividades en TECHO en otro país, me hizo dar cuenta de cómo se puede movilizar un continente con un sueño.”

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Malena escribió estas líneas para expresar sus vivencias en tan increíble viaje:

En Nicaragua aprendí – o mejor dicho aprehendí – dejando que las experiencias hablaran. Resignificando aquellas cosas que creía saber. Volví a ser una nena que mira con capacidad de asombro.

Aprehendí que no hay mejor regalo que un abrazo, cuando una nena llamada Marta corrió con toda su fuerza para envolverme en sus brazos, llena de amor después de haber compartido un par de horas juntas.

Aprehendí  que un piso significa el comienzo, porque abre nuevas puertas para una familia. Mirando a  Ramsés de ocho años correr con una sonrisa gigante para buscar una escoba y dejar impecable lo que empezaba a ser su nueva casa.

Aprehendí que participar es un derecho y una obligación. Porque genera propuestas que transforman la realidad, cuando escuchaba a los líderes comunitarios y a los voluntarios de las comunidades de Santa Julia, Los Laureles y El Paraíso contar los proyectos que estaban por emprender gracias a involucrarse y trabajar en conjunto.

Aprehendí que todavía hay miles de mujeres fuertes y comprometidas escuchando a Doña Lola con tanta humildad hablar de su trabajo, ideas, proyectos hasta tener piel de gallina.

Aprehendí que luchar no significa pelear. Porque se lleva a cabo desde el respeto mutuo, proponiendo ideas, mientras resonaban en mi cabeza las palabras un vecino de Santa Julia: “nosotros atacamos con educación”.

Aprehendí que la pluralidad de voces nos ayuda a crear soluciones, porque genera que todos trabajemos por lo mejor para todos.

Aprehendí que no hay nada que detenga el compromiso, que no importa la cantidad, si son dos, cuatro o seis manos las que trabajan, se logra porque se construye con fuerza de voluntad más que con fuerza física.

Aprehendí que la edad es un estado mental cuando conocí a María de setenta años, que camina más de cinco kilómetros todos los sábados para ir a la mesa de trabajo de su comunidad sin faltar uno solo, porque cree en el poder de la participación.

Aprehendí que se pueden hacer amigos en cualquier parte del mundo y a cualquier edad – hasta con un compatriota, en otro país.

Aprehendí que no es pobre quien menos tiene sino quien menos necesita, mientras escuchaba a una vecina ofrecer parte de su ingreso diario para ver a su comunidad crecer.

Aprehendí, sí que aprehendí.

En la escuela nos enseñan que el saber es teórico, que viene de libros y de intelectuales. Pero hay un saber que se escapa del aula. Es el saber de la experiencia, el saber que aprehendemos al mirar y escuchar al otro. Cuando nos abrimos al mundo.

Es un saber de relaciones humanas. No necesita ser evaluado por exámenes porque una vez que lo aprehendiste es para siempre, deja una huella imborrable. Es la diferencia entre aprender y aprehender. Cuando aprendo soy pasivo, adquiero conocimientos pero sólo incorporando. Cuando aprehendo, soy activo, construyo el conocimiento y por lo tanto forma parte de mí.

Como cuando aprendiste a andar en bicicleta, golpe tras golpe. Cuando en una charla con un amigo “te cayó una ficha”. Con tu primer beso. Cuando te equivocaste. Cuando te ataste los cordones por primera vez sólo. Cuando creaste algo de la nada. Cuando aprendiste a hablar y a caminar.

Parece que de chicos estamos más abiertos a aprehender, somos un poco más libres y mucho menos prejuiciosos.

Pero si logramos abrir esos ojos “cotidianizados” y volvemos a mirar con asombro de niño, se despliegan infinitas posibilidades, porque el aprendizaje en definitiva es una semilla.

Si nos animamos a estar abiertos, si miramos a los otros, todos los días se aprehende algo nuevo.

– Malena Kiss durante el viaje